Mi experiencia cruzando la frontera entre México y Estados Unidos

Pequé de ingenua y confiada, lo sé. Pero ésta es mi experiencia de viaje a Tijuana desde San Diego para advertir a los próximos que se animen a hacer el tour con la misma compañía que nosotros.

Empiezo con un poco de contexto: nuestro viaje por la Costa Oeste de Estados Unidos tenía una parada en Tijuana. ¿Íbamos a estar en San Diego y no íbamos a cruzar a México? No nos lo podíamos permitir. Un amigo nos dijo que era fácil, él lo había hecho varias veces y lo único que nos aconsejó es tener el pasaporte y paciencia porque podría haber colas para la vuelta de más de una hora. Parecía fácil, así que optamos por hacerlo con un tour guiado contratado con Civitatis, para así no ir solos y confiar en la super protección que nos daría ir con el guía. Pero no fue así.

En primer lugar, la frontera para pasar a México nos dijo que la estábamos haciendo de ilegales. Y a día de hoy no sé si era broma o no. Lo cierto es que pasamos con la furgoneta del hombre. Nos pararon. Los policías mexicanos nos abrieron las puertas, nos miraron, revisaron los bajos del vehículo, y continuamos hasta estar oficialmente en Tijuana. No había sido para tanto, así que todo evidenciaba un viaje tranquilo.

Pero el siguiente comentario del guía nos asustó: la vuelta la teníamos que hacer andando. Durante las cuatro horas que quedaban de tour, comentábamos entre nosotros que tendría que ser algún tipo de broma. Sin embargo, más tarde descubriríamos que no.

A la vuelta, nos dejó en una cola inmensa de personas. Nos dijo que tendríamos que ponernos en ella: «Es domingo, así que hoy vais a tener que esperar más», soltó el guía. ¿Perdona? ¿»Vais»? ¿Dónde está la super protección que pensábamos que tendríamos en caso de que hubiera algún problema? Si eso ocurría, nos quedábamos en México, sin internet ni teléfono… Solo espetó esa frase y se iba. Pero le paré y pregunté: «¿Qué hay que hacer? ¿Enseñamos el pasaporte y ya está?» Su contestación fue simple: «Sí. Nos vemos tras cruzar la frontera». Cogió el coche que aún estaba en marcha y siguió hacia adelante.

Imaginaos la cara de idiotas que se nos quedó a mí, a mi pareja y a nuestros amigos. En el tour nos acompañó otra turista más local, era de Louisiana, y tuvo que pasar el control con nosotros, a pesar de tener el águila bien grande en su pasaporte. Dijo estar «sorprendida» del ‘modus operandi‘ al tiempo que reconocía «la inteligencia» de Europa al dejar la libre circulación de personas entre países miembro de la UE.

Una hora de espera

Nuestra primera toma de contacto fue rodeada de mexicanos, la mayoría madres con sus hijos, que hacían la cola para pasar la frontera. Nada raro salvo la mendicidad que nos rodeaba de personas que no tenían ni intención de pasar a EEUU, y que estaban allí por casualidad. Uno de ellos, tirado en el suelo, parecía tener alucinaciones: hablaba y gritaba a alguien imaginario. Decía que nada le daba miedo porque le habían «disparado ocho veces» y no habían podido con él.

Aquello es indescriptible, y no saqué imágenes por miedo, nunca sabes si puedes invadir la intimidad de alguien y que no se lo tome bien. Así que intentaré meteros en situación.

Nuestra fila estaba bajo el techo que se ve al lado derecho del carril donde pone: «Acceso A Linea SENTRI»

Hileras de vehículos, alrededor de unos 10 carriles, para pasar al otro lado. La acera de la derecha de la carretera era precisamente el de las personas que esperábamos para cruzar a pie. Lo primero de lo que nos dimos cuenta fue que todos los coches estaban ocupados por el conductor y a lo sumo, el copiloto. Nadie más. Algunos de ellos, saludaban a los que hacían la cola, así que dedujimos que las que hacían la cola eran aquellas mujeres e hijos que no podían acompañar al padre en el coche.

Malabares, shows de fuego y comida rápida para amenizar la espera

Sé que el titular de esta parte del blog os parece raro, pero es lo que vivimos. Mientras haces cola, puedes ver como niños de unos 7 años practican malabares entre los coches para ganarse algo de dinero. Dos de ellos lo hacían en pareja, se subían uno encima del otro para que pudieran ser vistos por más personas, que claro, entre los dos no hacían ni los 1,80 m de altura de un adulto. La explotación de los niños era evidente, pero allí no eran los únicos. Algunos jóvenes llegaban a hacer shows tirando fuego por la boca, con unas medidas de seguridad que clamaban al cielo por escasas.

Y mientras tanto, los mayores tenían sus puestos ambulantes vendiendo comida y bebida con unos carros con los que se paseaban entre todos nosotros. Durante este tiempo, había estado escuchando una música que no sabía de dónde venía, pensaba incluso que en esta locura habrían puesto altavoces para que la espera se hiciera más liviana. Ilusa de mí. Cuando avanzamos a mitad de la cola, vimos cómo un chico joven tocaba la guitarra con un cartel que pedía ayuda para pagarse sus estudios. Un elemento más de una especie de micro ciudad, que escapa a los ojos de las zonas más turísticas a las que nos llevó el guía por Tijuana.

Imagen de Street View de dónde empezó nuestra cola.

El paso para cruzar la frontera estaba a cobijo con un techo y una pared a la derecha, que algo de frío quitaba y al menos, los días de lluvia no se mojan. Toda la pared era un inmenso mural, en el que se podían ver las banderas de Estados Unidos, México o Canadá unidas por una especie de cable, que no supe interpretar muy bien porque era imposible verlo al completo pero que hacen una idea de lo que quieren transmitir.

Llegó el momento de traspasar la frontera. Íbamos pasando en grupos reducidos al edificio que había detrás de las concertinas. Previamente tenías que pasar el primer control, me quedé la primera de la cola, sin tener ni idea de qué hacer. Pedían el pasaporte, veían que todo estaba en regla, así como tu país de origen. ¿España? Preguntaban. Algo que se ahorraron con nuestra amiga estadounidense, que fue ver su gran águila y no gastaron ni un segundo más con ella.

Lo siguiente fue pasar por debajo de estos alambres con pinchos, llamados concertinas, que tantas veces ves en televisión y que al cruzarla te dan la sensación, aún más, de que estés haciendo algo malo. Finalmente, pasas otro control en el que miran la caducidad de tu permiso en Estados Unidos. Algo ligero, que si nos hubieran explicado antes, nos hubiera tranquilizado y la espera habría ido mejor. El problema está en el desconocimiento y la mala información previa.

Pero no podíamos irnos sin preguntar al guía una cuestión que nos quemaba por dentro: ¿Por qué él sí que había podido salir con el coche sin hacer la misma cola que nosotros? Según nos explicó, solo puede haber una persona en el vehículo para poder conducirlo hasta un sistema de control por rayos X, del que él se queda fuera. Luego, pasaba por un registro como el nuestro, pero en otra parte, solo para conductores.

Mi conclusión de todo esto es que si el guía nos hubiera explicado cómo es la salida de México, el problema habría sido cero. Además, eso se unió a que era domingo a las 19h, por lo que se formó una cola que según él, no existe en esta salida en concreto. Y todo, decorado con la teatralidad que le dan a este tipo de situaciones en películas o series, pareció ser más pesadilla en nuestra cabeza que en la realidad.

Un comentario en “Mi experiencia cruzando la frontera entre México y Estados Unidos

  1. Pingback: Mi ruta por la Costa Oeste de Estados Unidos – Mercader de Viaje

Deja un comentario